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Historia de Felipe
Hay nombres que no se olvidan. Cuando pienso en esto no dejo de pensar en un amigo de infancia, se llamaba Felipe. De mirada esquiva y rostro delgado, era el compañero fiel en muchas jornadas de trabajo. El con 5 años y yo con 6 años solíamos trabajar en un mercado popular de la ciudad lustrando zapatos; yo lustraba los zapatos usados que mi madre vendía y Felipe lustraba los zapatos de cualquier persona. Conocíamos los lugares estratégicos para ofrecer nuestro servicio y había una protección mutua entre nosotros (a veces, el ambiente del mercado es hostil y necesitas defenderte). Empecé a estudiar y Felipe también, alguna vez mientras caminábamos presurosos envueltos en nuestro abrigo de invierno, hablábamos de lo que seríamos cuando lleguemos a ser adultos; el quería ser médico y yo también. Cuando cumplí 11 años mi padre que era zapatero me llevó a trabajar con el y desde ese día nunca mas volví a ver a Felipe, mi amigo.
Crecí y con la secundaria vino la universidad. En las aulas universitarias me alimenté del bocado amargo del ateísmo y deseché todo aquello que incluyera a Dios; y juntamente con esto mi desinterés por las necesidades de los demás; también me olvidé de Felipe, su nombre era un recuerdo vago y distante en mi mente. Mis días agitados y desérticos cobraron vida cuando conocí a Jesús, un milagro tocó en lo más profundo de mi alma muerta y encontré otra dimensión para vivir. Luego me casé, tuve mis hijos y disfruté sirviendo a los demás en una iglesia local.
Una tarde, mientras visitábamos a los niños en abandono debajo de un puente en el centro de Lima, me quedé paralizado con un nudo en la garganta; en medio de los escombros humanos de adolescentes embarazas, niños y jóvenes drogadictos alguien me tocó del brazo y con una voz débil y acongojada me llamó por mi nombre, no pude reconocer al hombre que me hablaba pues su aspecto era impresionantemente la de un hombre destruido; recuerdo que ese hombre me dijo: ¡acaso no te acuerdas de mi? … tu y yo lustrábamos zapatos cuando éramos niños! ; era Felipe, mi entrañable amigo de infancia; sus ojos enrojecidos por la droga ya no eran los de antes y una gran cicatriz surcaba su rostro. Ese día lo abracé; lamenté el no haberlo buscado, allí mismo junto a la pestilencia del rió Rímac me contó qué vivía allí con su esposa e hijos en medio de los despojos de sus sueños truncos; le hable del amor de Cristo y le pedí casi rogando que aceptara la ayuda de alimento, casa, cuidado, pero su rostro ya no expresaba admiración ni asombro. Volví a casa con el deseo de volver a encontrarlo; a los días siguientes fui a ver a Felipe y el ya no estaba en ese lugar, fuimos otras veces al mismo puente pero no lo volví a encontrar, lo he buscado tantas veces pero no se donde andará. Su sueño de ser médico se convirtió en una pesadilla de esta ciudad fría y apática.
Cada vez que camino por las calles de mi ciudad y veo a un hombre sucio y andrajoso, me acerco para observarlo detenidamente pensando que tal vez sea mi amigo Felipe; algunas veces he salido por las calles buscando a Felipe con la ilusión no solo de encontrarlo sino también de llevarlo a los pies de Cristo. Aunque nunca mas volví a ver a mi amigo Felipe, me he topado con muchos “Felipes” en las calles, niños pobres y trabajadores como lo éramos Felipe y yo, con sueños, con deseos de vivir y de alcanzar la soñada profesión; siento que Dios me dice: ¡Te he escogido para que estos “Felipes” alcancen sus sueños!
Fui invitado a predicar a USA, esto sucedió en NY en Manhatan Bible Church; hablaba de la historia de Felipe cuando de pronto afuera un hombre clamaba por ingresar; estaba flaco, andrajoso y mal oliente. Le preguntaron por su nombre y lentamente casi desangrándose por dentro dijo que se llamaba Felipe. Un hermano entro corriendo mientras con voz emocionada gritaba: ¡Es Felipe, su nombre es Felipe, Felipe esta afuera! y una nube de ternura y compasión invadió el templo. Me pare emocionado y sorprendido pensando para mi mismo: ¿será mi amigo Felipe?, cuando vi su rostro se trataba de otro Felipe, sorprendentemente tenía la misma vida y el mismo nombre de mi amigo. Ese día este Felipe (mexicano de nacimiento) se reconcilió con Dios y al mismo tiempo un nuevo semblante irradiaba su rostro mientras lo abrazaba, la sopa caliente también abrigó su estomago vacío.
Creo que la historia de Felipe se repite en todo el mundo. Tal vez, después de leer esta historia, un Felipe estará tocando tu puerta, para que le extiendas un mensaje de esperanza y recuperé sus sueños como Dios también lo hizo conmigo. |
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